jueves, 16 de abril de 2009

De distintos enfoques

Tantas veces después de mucho razonamiento y en gran parte durante el proceso de revelado, me habría de formular con el tiempo, la teoría de que principalmente existían dos tipos de personas en el mundo: El primero, el cual superaba en buena cantidad a su subalterno y se observaba con una facilidad digna de resaltar, componía sus cimientos de aquellos individuos que presentaban una predilección por ser ellos mismos los actores de sus fotografías. Es decir, por permanecer frente al ojo captivo de la cámara en vez de identificarse como retratistas, tejedores de sus propias historias, quienes conformaban el grupo minoritario y que se encuentras siempre detrás del lente, captando cuidadosamente los detalles que resultarían tal vez para otros tan invisibles e impalpables.

En esos días, el laboratorio fotográfico no demandaba precisamente mucho. Por las tardes, después de sumergir los negativos en el líquido revelador, seguido del baño de paro sólo para culminar con la aplicación del fijador, se lavaban las imágenes y se colgaban dejándose secar por aproximadamente treinta minutos. Éste periodo de inactividad repetido por lo general unas siete u ocho ocasiones al día traía consigo, inevitablemente, grandes lapsos de ocio, episodio tan temido que por muchos momentos fue el enemigo a vencer y contra el cual se podían presentar tantas armas como la imaginación diera lugar.

Pero justo cuando el ingenio escasea, víctima del tedio y la creatividad se dedica al divagar y lo único que se obtiene en respuesta al grito de ayuda es un panorama en blanco, cuando no se tiene otra salida y no hay recursos a los cuales huir es cuando uno termina por construir hipótesis como ésta. Empiezas tratando de responder las preguntas más efímeras de las que se pudiera tener conocimiento. Te planteas todo tipo de escenarios surreales con tal de satisfacer, aunque sea momentáneamente, los placeres fugaces y transitorios de la curiosidad humana. Quizá en ningún otro instante de tu vida las hubieras elaborado, pero en ese momento, en el turno vespertino de las cuatro a las doce del centro de revelado Lumière, esas cuestiones son esenciales, son como aire fresco para unos pulmones colapsados y su resolución, como una inhalada de alivio y tranquilidad contra el mounstro del hastío.

Es así como luchas la batalla no sólo contra el aburrimiento sino contra el reloj, aquél cínico invento del hombre que por momentos pareciera conspirar en tu contra y que orquestara alguna clase de chiste enfermizo. Es así como volteas al cronógrafo y la aguja avanza un espacio. Recopilas las fotografías que se encuentren terminadas y las empaquetas en un sobre con paciencia, atiendes a los clientes, recibes los pagos uno por uno y cuidadosamente entregas los pedidos a sus respectivos destinatarios, únicamente para ser testigo que los engranes se han congelado y que el mecanismo frío y egoísta que interpreta el tiempo ha transcurrido tan solo del cinco al seis que la larga y delgada manecilla segundera recorre a su ritmo y completo antojo.

¿Y qué se puede hacer ante esa impotencia? Nada más que seguir combatiendo fuego con fuego, seguir confiando en la habilidad traicionera de poder generar supuestos y en la capacidad seductora de litigar entre soluciones fantásticas, buscando postergar su impostergable muerte. Hasta que casi por error tropiezas con algún aspecto de interés, algun esquema de tintes complejos que valga la pena volver analizar con detenimiento. Es así como basándote en la prueba y el error terminas acuñando conjeturas sobre la vida, algunas que parecieran apuntar a la veracidad casi con precisión científica y otras que acaban siendo refutadas poco menos del par de minutos prosiguientes de su enunciación. Por ejemplo, cuando compruebas que al vagón de las líneas azul y verde del metro le toma exactamente dos minutos transcurrir de estación a estación, y cuando rechazas algunas tan descabelladas como aquella que dice que toda mujer que fume cigarrillos probablemente ya haya tenido sexo (o no esté lejos de).

Y es de ésta forma como el tiempo se vuelve tu aliado y pareciera que tuviese grandes vacíos en su contrato de continuidad, al darte cuenta que son casi once y media. Y aunque tratas de no romper el encanto, en el fondo sabes que esas teorías son tan propias como el nombre que te dieron tus padres.

Porque algunas tramas fueron diseñadas para convertirse en telarañas.

lunes, 30 de marzo de 2009

Ojos inalterables

No sé si seamos nosotros o sean las cosas las que cambien.
Tan sólo me limito a asentir en círculos, en mis redondos ideales de principio-fin.
La duda y el miedo acechan sigilosamente, se esconden bajo el sillón de la sala.
Las palabras pesan y por un momento, entre el calor y las lágrimas me pierdo.

Y sin embargo, tu mirada se queda en mis pupilas y me desarmas por completo.
Y puedes ver por estos espejos ocres que llevo dentro, en las partituras, las notas de tu sinfonía
Te sigo viendo con éstos ojos inalterables,
Con éstos ojos que no se hartan de reflejarse en tí.

lunes, 23 de marzo de 2009

Como peces contracorriente


No olvides nunca que en algún lugar del mundo, en algún punto de la atmósfera, algún rincón del océano habita una luz que jamás se apaga.

Recuerda también que existe algo envuelto entre las cosas y las personas, escondida dentro de los detalles y los segundos, invisible a los ojos que se llama escencia. Confío en que algún día llegues a comprender que esa pequeña particula sigue viva en todos nosotros, nadando entre nostalgias, saltando en las memorias y que sólo así es como realmente podemos vivir para siempre.

Sigue mi ruta y juntos nadaremos a través del tiempo y de los recuerdos, como peces contracorriente a través del más puro y brillante de los mares. Ése océano tan tuyo y tan mío el cual, con el tiempo, volveremos a llenar de lágrimas mientras seguimos buscando ese resplandor interminable.

[Dedicado a la memoria de Isidro Chapa padre.]

lunes, 23 de febrero de 2009

Hermosos desastres

Obscuridad y Confusión juegan maliciosamente en el jardín del Edén. Y del caos y la devastación brotan las semillas de los verdaderos colores:
El arte, y nace Ian Curtis con un Rembrandt en manos.
Se descubre el café y a lo lejos proyectan "Trainspotting" una tarde lluviosa de algun Febrero y la vemos diez veces refugiados bajo una sombrilla púrpura.
Jugamos ajedrez. Y leemos Rayuela pero no entendemos.
Y nos gana la melancolía, y extrañamos.
Y lloramos. Y discutimos (vive la difference) hasta no poder más pero nos matamos mutuamente. Y nos destruimos. Si, nos destruimos.
Y de esas dulces catástofes sólo nace más belleza. Abrimos los ojos a un mundo de contrastes y nos damos cuenta que podemos ser testigos de tanto dolor y de tanto esplendor. Tú eliges.
El sol sale otra vez.
Y es tan hermoso, y tan desastroso.

domingo, 15 de febrero de 2009

Diarios de Noviembre


Y así, como página arrancada, con tal furia me arrancaste sin pensar en consecuencias. No te molestaste siquiera en leer lo que decía, fuiste brutal abriéndome con tanto parecido a un libro y con tu lápiz, suavemente fuiste escribiendo en mí tu vida. Tus triunfos y fracasos, cada sonrisa y cada lágrima. Y me mostraste tus cicatrices y me contaste tus historias. Y escribiste y escribiste, cada día un poco más. Y escribiste una página y proseguiste con otra. Te rogé "detente" pero no hiciste caso, y trazaste una vez más el mapa que llevo en la piel, aquél que tiene como destino la punta de tus labios, la punta de tu corazón.

Y yo siendo quien soy, un iluso y tonto enamorado, lo seguí. Y empecé yo a escribir un poco en tus páginas. Primero una palabra, después una frase. Un párrafo, un capítulo. Y terminé por escribir en tí mucho más de lo que esperaba. Vacié cada gramo, cada centímetro de mí. Y me hice tan tuyo, y me volví tan ajeno a mis adentros. Y tracé en tus ojos la ruta de regreso pero sólo conseguí darle vuelta al sendero que lleva nuevamente a tus castaños cabellos, a la punta de tus dedos con la que me escribes cada noche y me alimentas de tu fuego. Y tus palabras son novelas, son tinta fresca y yo soy un papel en blanco que busca tu puño y letra desesperadamente, y que se muere porque escribas en él un poco más, tan sólo un poco más.