martes, 10 de mayo de 2011

Anthems for two seventeen year-old girls

It's days like these I remember a lot about Juliet.
I remember how we met so randomly, out on a concert by Sigur Rós.
I remember how she was the one that started the conversation.

Those times come to me right when I bring back my first steps in this city.
Strangely, she is always there. Unintentionally. Somehow attached to the memory.

There were so many bars throughout the nights we spend out but our lips had to meet for the first time in the bathroom of this tiny, cheap pizza place which was also a karaoke club.

She was 17, I was 19. She was so cheerful and pretty and reckless, and always so young.
She was always so very young.

But then came Sophie and everything became blurry for a while. 'Cause, you know, things change totally when you find someone like her. She was the first girl I ever loved. And in a way she was this city, which was the first city I loved as well. She was my partner in crime and became all these pieces of situations and moments I would never dare to forget, even though she's long gone.

I miss her terribly, I really do. Sometimes I get the hurtful urge to pick up the phone and dial her number, hoping to hear her voice once again and talk about nothing or everything, I don't know. That's probably all I'd wish. Only to talk to her, just once more.

Sofía, you know, she was also very young. She was 17 too. We both were so fucking young... and stupid.

But Juliet, you know, she never respected that fact. She came on to me constantly even though I refused again and again. Sofía vanished but Juliet stayed in that slippery zone we call friendship. And a lot later, when we found each other in solitude we tried to build back whatever we had before.

We never could. Juliet was never sure, never willing to give everything else up. We then lost track of each other. When we found our ways back, she had changed. She had someone else. And she loved him.

That was pretty much the moment where it hit me. When I realized how inevitable we were and how we all are bound to repeat the process of approaching, touching and dissolving.


Right now I'm going through one of the worst stages I've ever been, a horrible rut. It's not depression (I hope so), it's just loneliness mixed with desperation for new things, not necessarily better things, just different.


People say two opposite things about this:
One of the typical advices is "Chill. Good news will come when you less expect them."
The other one is exactly the other way around: "Nothing's ever going to happen if you don't do anything about it." I've tried to mix them to get the better out of each one.


I calm down, I  take a deep breath, I try to be less demanding with myself and enjoy the ride.
I go out and try harder and harder. Walk away to another plan, move on, run, kill the moonlight, chase the dawn. But nothing seems to work so far. Bad news just keep coming like glaciers.

I haven't seen Juliet in quite a while now. I kinda get this nostalgia for the old Juliet, you know. When I went to California last summer in an attempt to escape the disappointments I saw Broken Social Scene live and finally understood one of their most beautiful songs, which goes something like this:

Used to be the one of the rotten ones
And I liked you for that
Now you're all gone, got your make-up on
And you're not coming back

I know Juliet's not coming back. I know she was one of the rotten ones, just like me. And I know I liked her just for that, for being the most beautiful misfit I've ever seen. Sometimes I think I could have even loved her. And it hurts 'cause I never thought she could. And that's where the other part of the song comes into play:

Park that car, drop that phone,
Sleep on the floor, dream about me
Park that car, drop that phone,
Sleep on the floor, dream about me

It goes over and over. And I can't stop wondering if she would ever or would have ever, done any of those four little things for me. Especially, the last one...

jueves, 21 de abril de 2011

El vals del cambio

Félix se esforzaba tanto en no creer en esa fuerza todopoderosa y romántica que la gente llamaba karma y en la que muchos confiaban para equilibrar la bondad y maldad de las acciones. Según él, la idea era tan fantasiosa y cursi que sencillamente no cabía con el mundo contemporáneo, ya que éste no sólo era irracional y poco afín a fantasías, sino sumamente cruel y nada equitativo.

Sin embargo, conforme se fue adentrando más y más en las entrañas de la Ciudad de México tuvo que confesar su sorpresa al verse de frente ante lo que parecería ser ese ente regulador, juez autopoyético que en otros momentos con suma facilidad hubiera descartado como una nimia coincidencia. Casos como este abundaron, como el día que él y Sofía, a punto de abordar el Metrobús se toparon con un turista belga completamente perdido y lo ayudaron a pagar el boleto y subirse al vagón, así como también le dieron indicaciones (en inglés) para llegar al lugar donde lo habían citado. Dicha acción al parecer se vio reflejada en muestras de solidaridad en casos similares, como cuando Félix constantemente se descubría abrumado por la inmensidad del Distrito y al pedir direcciones a transeúntes al azar éstas, increíblemente, resultaban acertadas.

No obstante, hubo otras escenas donde el fantasma moralista aparentemente dejó caer su venganza despiadada sobre Félix, quien nunca ha estado libre de culpa y frecuentemente cometía actos poco honrosos. Ya sea desde copiar la tarea cinco minutos antes de que empezaran las clases debido a irresponsabilidad nocturna del día anterior o las constantes faltas en el Centro de Revelado Lumiere hacia los pedidos de los clientes, las conductas negativas de Félix repercutieron más temprano que tarde.

Pero principalmente hubo un incidente que él conservaría por un largo tiempo como testigo del misterio kármico. Fue un sábado del mes de octubre cuando Julieta cumplió 18 años y su hermana mayor, Elena, decidió hacerle una fiesta sorpresa (a la cual, por cierto, invitaría casi en su mayoría a sus amigos, no a los de la cumpleañera). Entre tanto preparativo, Julieta le pediría que tocara música en la fiesta, lo que fuera, para reforzar el festejo, a lo que Félix accedería. El conflicto surgiría cuando Félix llegaría a casa de las hermanas con Sofía bajo el brazo. Él había tenido un pasado romántico inconcluso con Julieta lo cual había dejado algunos hilos pendientes. Julieta no se lo vio venir nunca y al parecer, ahogó sus penas en alcohol. Esa noche, Félix no sólo le interpretó el vals del cambio sino que indirectamente le restregó a Julieta que ya tenía una nueva persona en su vida y que el lugar que ella pudo haber ocupado ya estaba tomado.

Años después, cuando Félix y Sofía se declararon la guerra, Julieta seguiría ahí en la escurridiza zona de la amistad, lo cual en un punto común de soltería dio pie a que reiniciaran coqueteos. Pero como podrá advertirse, la brutal lección llego al poco tiempo cuando en una de las típicas fiestas caseras del departamento 204, Julieta llegaría con un tipo bajo el brazo, un tipo tan amable que le resultaría imposible a Félix odiarlo. Se besaron y rieron toda la noche, tal y como Sofía y Félix lo habían hecho años atrás y fue ahí cuando Félix se dio cuenta que eso, fuera lo que fuera esa energía reguladora era una hija de su reputísima madre. Trató de ignorarla unos minutos, debido a que la felicidad ajena puede ser algo tan insoportable, hasta que decidió hacer lo más sensato: Ahogar sus penas en alcohol.

En realidad Félix estaba pasando por una racha tan mala en ese momento que la relación que empezaba a reconstruir con Julieta llegó a representar una puerta hermosa tallada en mármol hacia mejores cosas. De verdad llegó a imaginarse sus movimientos con la joven Julieta a su lado, impetuosa, impredecible. Y aún así, la vida le había barajeado una mano tan culera que rompería su cristal de las expectativas y aunque Félix sabía que no se podía quejar, en un intento de justificación su mente no pudo dejar de hacer eco aquella canción que va:

You're too young, you're never gonna know why it hit me when I felt on in silence. 
No one thinks what I'm doing is the right way forward, you'll see it's not just a dream now.
Oh, you think you know, you don't know.
Oh, you think you know, you don't know.


No, Julieta no sabía el dolor que había causado, así como Félix no pudo mas que suponer cómo en su tiempo él también había lastimado. Nadie supo a tiempo y nadie pudo hacer nada al respecto. Y precisamente por eso, el karma, la vida o lo que fuera cumplió su trabajo, dejando nudos y silencios en el camino mientras sonaba impotentemente, como un grito enorme, infinito, el vals del cambio.

jueves, 7 de abril de 2011

Things that aren't there No.1

My favorite spot back where I grew up: A small and quiet coffee house.
My run down crappy car. My grandfather sold it to some young Chinese marriage. They looked incredibly pleased with it.
Almost all the friends I made during High School.
Pleasant memories about my first girlfriend.
Pleasant memories about my hometown.
Some idea of maturity my family had about me for about three months.
The first apartment I rented which still holds many hurtful and beautiful memories. I still go back to that old, hidden neighborhood every once a while, just to make sure it's still there, even though I'm not.
Some sort of stability.
Answers to getting out of this rut.
Something to chase, in order to live the thrill of it.
And the four walls in which, for a short time, we connected and built and shared more than we ever noticed, and in which we actually dreamed we could make it.

miércoles, 2 de marzo de 2011

Adiós, Yugoslavia.

Aquí, construiremos nuevos hogares con techos rojos y chimeneas que aniden las cigüeñas. Con puertas abiertas para los invitados. Agradeceremos a la tierra por el alimento y al sol por su calor. Y a los campos por recordarnos el verdor de nuestro hogar. Con pena, dolor y alegría recordamos nuestra tierra al contarles a nuestros hijos historias como en los cuentos: "Había una vez un país..."

De la película Underground (1995)
Escrita por Dušan Kovačević. Dirigida por Emir Kusturica.

viernes, 25 de febrero de 2011

Todo lo que solíamos ser (reeditado)

Cuando tenía 15 años tuve mi primera novia. Es decir, mi primera novia seria. Se llamaba Laura y no teníamos absolutamente nada en común. Me cago de risa cuando me acuerdo de ella. Era alta, muy alta y delgada, cabello lacio obscuro, gran cuerpo, poco cerebro. Tenía una afición enferma por Harry Potter: libros, películas, todo relacionado a ese cabrón. Laura. Me cago de risa.

No podría explicar porqué duramos tanto, casi 2 años y medio. Casi toda la preparatoria. Ni yo mismo lo entiendo. Bueno sí... quizá sí. Los dos quedamos apendejados por las mieles prematuras del amor, y claro, las del sexo (muy importante, quizá la más importante de todas). Tuvimos sexo a los nueve meses de novios. Ambos teníamos 16, ambos éramos torpes e inexperimentados y ambos sentimos dolor y después, placer. Dolor y placer. 

Así fue como nos enamoramos. Creíamos estar enamorados; lo repetíamos tanto como si de alguna manera el decir las palabras una y otra vez hiciera que fuera cierto. La verdad es que yo nunca la amé. No sé si ella alguna vez lo hizo, lo único que sé es que yo no, hasta ahora me doy cuenta. Éramos jóvenes, estúpidos, celosos, irresponsables.

Acabamos la preparatoria y ella se fue de la ciudad pero quería que continuáramos nuestra relación. Duramos dos meses a distancia, hasta que un puente ella regresó y salimos a cenar. Le dije que no estábamos yendo a ningún lado. Lloró. Fue en un restaurante de comida italiana muy romántico.

Muy poco después de eso me enteré que ella ya tenía otro novio y que se iría a Francia a "estudiar". Cuando regresó de Europa se había convertido en una espléndida puta de tiempo completo. Quiso que nos viéramos para platicar y tomar café. Accedí. Toda la noche estuvo insinuándoseme pero me negué, le dije que yo tenía novia. Después de eso dejamos de vernos y de compartirnos nuestras respectivas vidas.

Esa era mi segunda novia, Sofía. Yo tenía 19 y ella 17. Era todo lo contrario a Laura: Pequeña, tez blanca, cabello castaño. Nos conocimos en la universidad cuando yo también emigré de la ciudad. Nos besamos en un billar, semi-embriagados y casi terminamos fajando. Ella era aficionada al cine y al café. Hablábamos horas de libros, de música, visitábamos con frecuencia la Cineteca. Al principio fumábamos pero como ambos teníamos asma, lo dejamos juntos. Nos gustaba fumar mientras tomábamos café que preparábamos en mi casa. Ella me enseñó que el sedimento que se queda en el filtro de la cafetera se llamaba borra, y que sirve como fertilizante. Fue lo que usamos para hacer crecer unas plantas que compramos en el mercado de la colonia. Pero después, un día mientras lavaba los platos, ella rompió sin querer la cafetera y no hubo más café.

Duramos un año. Durante ese tiempo compartimos infinidad de cosas. Le escribí cientos de historias y cuentos. No teníamos sexo, hacíamos el amor, (al menos lo intentábamos). Ella había tenido relaciones con más personas que yo lo cual siempre me generó conflicto. Era celosa e inmadura, cualidades que por más que la amaba, me frustraban y que hacían que, en secreto, deseara que algún día cambiara. La llevé a conocer a mi familia, a mis amigos. Conoció mi ciudad, mis lugares, mi pasado. Ambos tuvimos errores, errores mortales. Creo que nunca nos dimos cuenta del daño que nos hicimos involuntariamente. Terminamos y nunca nos volvimos a hablar. Hasta la fecha la veo caminar por la escuela siempre con su nuevo novio de la mano. Todavía leo su blog. Todavía leo mis entradas dedicadas a ella. A veces me sorprendo a mí mismo extrañándola más de lo que aceptaría. Muy poca gente realmente supo cuánto la amé.

Ahora a los 21, tengo mi tercera novia. Su nombre es Ana. Tiene unos ojos enormes y redondos como la luna, la cual me ha dicho le agrada bastante. Todavía es muy temprano para haber descubierto esos pequeños detalles del otro que usualmente nos fascinan. Sin embargo, trato de llenar los espacios vacíos con suposiciones mías y me pregunto qué tipo de música le gustará. Qué tipo de comida será su favorita. Si es comunista o bipolar, si presenta estrés post-traumático, si lee mucho o poco. Quizá le guste Cortázar o Rulfo y hable francés y rara vez bese con la lengua o duerma con velas encendidas porque hasta un punto, aún le tema un poco a la obscuridad. Quizá bailar sea su adicción, lo cual sería desafortunado porque soy un asco para bailar. Y tal vez no le guste mucho el cine, tal vez prefiera el teatro, lo cual sería excelente ya que también soy un idiota en ese arte y me encantaría incluirme en sus causas y sus efectos. Y no sé, quizá algún día hasta llegáramos a sentir que somos las únicas dos personas en el planeta y nos demos miedo mutuamente y nos dé miedo lo que eso signifique. No sé, cosas así.

Pero constantemente tengo recuerdos de mis antiguos amores y siento como si de alguna forma estuviera siendo infiel. A veces quisiera no hacerlo, no pensar tanto en ellas porque no estoy seguro de que ellas hagan lo mismo. Me mata la curiosidad gran parte del tiempo el preguntarme si  me regresarán el acto. Me gusta creer que sí, aunque en el fondo sé que es muy improbable.

El otro día un maestro comentó en clase que pese a lo llegamos a creer a ratos, todo era posible, incluso amar a una persona. Lo chistoso es que lo dijo con tanto desdén, como si se tratara de lo más maniático e improbable que pudiéramos cometer.

No sé a cuántas personas haya yo amado. Sé que son pocas y que probablemente falten muchas. Es por eso que creo que en terrenos del amor, nadie nunca llega a decidir nada, son las posibilidades de la lógica las que inadvertidamente retan a lo absurdo del sentimiento y que, por obvias razones siempre se impone lo irracional que resulta amar a alguien. Pienso en todo eso y me gusta creer que aquella frase es cierta y que hasta lo más imposible como el amor, sucede, ya que necesitamos de esa locura, y si pudiera controlar algunas cosas pediría que no olvidáramos esos lugares comunes que tuvimos con esas personas, como Laura con sus libros, Sofía con su humo y su cigarro y Ana con sus hermosos ojos de luna.

A veces tengo tantas cosas en la cabeza que no sé qué pensar. De alguna manera sigo firme en dejar ir esas historias previas, poco a poco, tratar de no aferrarme a ellas por vías como la amistad o la cordialidad. Simplemente dejarlas ir. Pero luego me llega esta incontenible necedad y me vienen historias y momentos de Laura, Sofía o Ana y entonces pienso y me convenzo de que todas esas personas que estuvieron y se fueron siguen funcionando en algún nivel muy profundo dentro de nosotros, como la borra del café, esperando algún día ver florecer nuevas cosas.